dimarts, 30 de juny de 2009

Ryszard Kapuscinski

Llega el verano y hay más tiempo para descansar con un buen libro. Para buscar otras obras de autores que sabes que son una garantía de viajes. Viajes a lo desconocido, en el tiempo, en los paisajes o en las vivencias. Ese es el caso de Ryszard Kapuscinski. En unos días iré a la caza de otra de sus obras para deleitarme con sus libros de viaje-vivencias-periodismo.

Fotos: CGLores (Vilnius, 2008)

El primer libro que cayó en mis manos de Kapuscinski fue El Imperio, un relato de recuerdos y viajes por la Unión Soviética, que abarca un amplio período temporal, que va de 1939 a 1993. En realidad el libro está dividido en tres partes: Primeros encuentros (1939-1967), en que habla de la entrada del ejército soviético en su ciudad, Polesie (en ese momento Polonia y actualmente Bielorrusia) y otras incursiones por territorio soviético. Esta parte es, para mí, la más impactante, porque está cargada de recuerdos y sentimientos que se te pegan a la piel.
La segunda, A vista de pájaro (1989-1991), explica algunos de sus viajes por zonas del Imperio soviético, que estaban fuera de las rutas oficiales y conocidas, cuando ya era palpable el derrumbe del Imperio comunista.
La tercera, Suma y sigue (1992-193), es una recopilación de reflexiones, opiniones y notas de sus viajes y encuentros por diferentes partes de la Unión.

Kapuscisnski nos cuenta como vivía la gente en el territorio de la Unión Soviética, en un intento de atrapar las historias y las memorias de esas personas, antes de que el tiempo y la distancia cubran la realidad con la neblina del olvido.

Para mí ha sido uno de los libros que te dejan huella permanente en la memoria.



Por si queréis hacer una pequeña cata de su relato, aquí tenéis unos párrafos de la primera parte: Primeros encuentros (1939-1967)

“El primero en desaparecer de la clase fue Pawel. Como se aproximaba el invierno, el maestro dijo que seguramente se había resfriado y había tenido que quedarse en cama. Pero Pawel tampoco vino al día siguiente, ni durante la semana siguiente, y entonces empezamos a sospechar que ya no volvería. Unos días más tarde vimos que el primer pupitre, donde se sentaban Janek y Zbyszek, estaba vacío…En otras clases, también iban desapareciendo niños. Ya ni siquiera preguntaba nadie por qué no habían venido o dónde estaban. La escuela se quedaba cada vez más desierta. (…)
Un buen día desapareció el maestro. Llegamos a la escuela como de costumbre antes de las ocho y cuando, al sonar el timbre, ocupamos nuestros pupitres, en la puerta vimos la figura del director, el señor Lubowicki. Niños, dijo, machaos ahora a vuestras casas y no volváis hasta mañana; a partir de entonces os dará clase la nueva maestra. Por primera vez desde que se había marchado mi padre sentí un espasmo a la altura del corazón ¿Por qué se habían llevado a nuestro profesor? El señor profesor estaba siempre nervioso y a menudo se asomaba a la ventana. Decía: Ay, niños, niños y movía la cabeza. Siempre estaba muy serio y muy triste. Era bueno con nosotros, y cuando algún alumno balbuceaba leyendo a Stalin, no le reprendía, sino que a veces incluso esbozaba una leve sonrisa.
Regresé a casa hundido. Cuando atravesaba las vías férreas, oí una voz conocida. Alguien me estaba llamando. En la vía muerta había unos vagones y en ellos la gente destinada a la deportación. La voz me llegaba desde allí. Miré en aquella dirección y en la puerta de uno de los vagones vi el rostro de nuestro profesor. Me hacía señas con la mano. ¡Dios mío! Eché a correr hacia él. Pero en un abrir y cerrar de ojos me alcanzó un soldado y me propinó un golpe en la cabeza tan fuerte que caí de bruces. Aturdido por un agudo dolor, empezaba a ponerme en pie cuando él levantó el brazo con un gesto amenazador de un nuevo golpe, pero ya no volvió a pegarme, sino que se puso a gritarme que me fuera al demonio. Y me llamó hijo de perra. (…)
Los vagones estaban llenos de gente destinada a partir en cualquier momento ¿Adónde? Los mayores decían que a Siberia. Yo no sabía dónde quedaba aquello, pero por la manera en que pronunciaban la fatídica palabra intuía que inspiraba miedo el mero hecho de nombrarla.
No vi a mi maestro, debía de haber partido ya hacía días: los transportes salían uno tras otro. Muertos de miedo al tiempo que devorados por la curiosidad, permanecíamos ocultos entre los matorrales con el corazón en un puño. De la vía muerta nos llegaban gemidos y llantos que por momentos crecían en intensidad; partían el alma. Carros tirados por caballos iban de un vagón a otro. La gente de los vagones depositaba en ellos los cadáveres de los que habían muerto de frío y hambre durante la noche. …”

Ryszard Kapuscinski: El Imperio. Barcelona, Anagrama, 1994

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