diumenge, 22 de novembre de 2009

El hombre que plantaba árboles

"El pastor fue a por saquito y vertió un montón de bellotas sobre la mesa. Comenzó a inspeccionarlas, una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas.(...)Tras separar una cantidad suficiente de bellostas buenas, las fue contando por decenas, al tiempo que eliminaba las más pequeñas o las que presentaba alguna grieta, pues ahora las examinaba con mayor detenimiento. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, puso fin a la labor y se acostó. (...)

Abrió el redil y se llevo el rebaño a pastar. Antes de irse, sumergió en un cubo el saco de bellotas cuidadosamente contadas y seleccionadas.

Advertí que a modo de cayado empuñaba una barra de hierro gruesa como un pulgar y de metro y medio de longuitud. (...)

Entonces comenzó a clavar la vara de hierro en la tierra, abriendo agujeros en los que plantaba una bellota; luego rellenaba el agujero. Así plantaba robles. Le pregunté si aquella finca le pertenecía. Me repuso que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Suponía que era de propiedad comunal, o tal vez perteniera a personas que no le otorgaban mayor importancia. No tenía el menor interés en descubrir de quién era. Plantó las cien bellotas con sumo cuidado. (...)

Llevaba tres años plantando en aquel desierto. Había plantado ya cien mil bellotas. De las cien mil, veinte mil habían germinado. De las veinte mil, contaba con perder la mitad a manos de los roedores y de los imprescindibles designios de la Providencia. Así pues, quedaban diez mil robles con vida donde antes nada crecía.

Fue entonces cuando empecé a preguntarme qué edad tendría aquel hombre. Saltaba a la vista que habí cumplido los cincuenta. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Una vez había poseído una granja en las tierras bajas. Allí habí construido su vida. Perdió a su único hijo; luego a su esposa. Acabó retirándose a aquellos solitarios parajes, donde se encontraba muy a gusto viviendo sin prisas con sus ovejas y el perro. A su parecer, aquella tierra se estaba muriendo por la ausencia de árboles. Agregó que, a falta de otra ocupación más apremiante, había decidido poner remedio a aquel estado de cosas. (...)

Le dije que en treinta años sus diez mil robles serían magníficos. Respondió con toda sencillez que si Dios le concedía bastante vida, en treinta años habría plantado tantos más que aquellos diez mil serían como una gota de agua en el océano.

Por otra parte, estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un viv ero de plantones nacidos de hayucos juanto a su casa. (...)Tembién tenía en mente plantar abedules en los valles dondes, según me dijo, había una cierta humedad a pocos metros bajo la superficie del suelo. (...)

Un año después estalló la guerra de 1914, en la que me vi implicado durante cinco años. (...) Finalizada la guerra, me encontré (...) un enorme deseo de respirar aire puro durante algún tiempo. Sin más propósito que éste enfile otra vez la carretera hacia las tierras yermas.

(...)Elzéard Bouffier (...) no había muerto. (...) Impertérrito, había seguido plantando.

Los robles de 1910 contaban entonces con diez años de edad y ya eran más altos que nosotros. Un espectáculo impresionante. (...) En tres sectores, medía once kilómetros de longitud por tres kilómetros en lo más ancho. Al recordar que todo aquello era fruto de las manos y el alma de una única persona desprovista de recursos técnicos, se comprendía que los hombres podían ser tan efectivos cmo Dios en ámbitos distintos del de la destrucción.

Había llevado a caba su plan, y unas hayas que me llegaban al hombro y se extendían hasta donde alcanzaba la vista lo confirmaban. Me mostró hermosos grupos de abedules plantados cinco años atras (es decir, en 1915, mientras yo luchaba en Verdún). Dispuestos en cuantos valles había supuesto (y acertado) que la capa húmeda casi afloraba, eran delicados como niñas pero estaban muy bien arraigadoa.

Fue como si la creación floreciera en una suerte de reacción en cadena. A él tanto le daba; tenía la determinación de concluir su tarea con toda sencillez; pero de regreso hacia el pueblo vi que el agua manaba en arroyos que llevaban secos desde tiempos inmemoriales. Aquel era sin duda el resultado más sobrecogedor de la reacción en caden que mis ojos presenciaban. (...) "

Jean Giono: El hombre que plantaba árboles

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