dissabte, 28 d’agost de 2010

Relectures d'estiu


Aquest estiu he tornat a rellegir els relats de Manuel Rivas del seu llibre La mano del emigrante (Madrid, Alfaguara, 2001). Ha estat de nou un plaer retrobar aquest llibre breu però profund, trist, emotiu... magnífic, impactant. Dos relats amb histories de naufragis personals i familiars, de gent obligada a l’emigració i de gent de la mar. Històries de gent senzilla, però amb una gran càrrega emotiva. Dels llibres recomanable e imprescindible per a la gent que li agrada Manuel Rivas i la bona literatura.
Aquí teniu un petit paràgraf per a obrir boca:

"Había leído en un viejo libro que las madres pescadoras destinaban para el mar el primer pan salido del horno en Año Nuevo. Se hacían acompañar por un hijo al acantilado más bravío y era el niño el que echaba la hogaza a las fauces espumeantes de la invernada. Aquel pan ritual, del que hablaba la Etnografía de Vicente Risco, era una ofrenda para calmar el hambre del océano. Según la creencia, salvaría, por lo menos, a un marinero. La suerte del náufrago.
Pero nunca antes había leído ni oído hablar de los pensamientos de oro.


"Llega un momento en que la muerte es lo que menos te preocupa. Yo estaba allí, solo en la noche, abrazado al madero. Al principio, éramos cuatro. Cuatro hombres cogidos como podíamos a aquel tronco. Tenía el largo de un eje de carro. Pero el mar fue arrancando, uno por uno, a los compañeros. ¡A mí no me llevas!, pensé. Me sujeté como una agrazadera, como si fuese parte de mí. Y entonces, me pasó algo curioso. De repente, no estaba allí. La cabeza se me fue para casa. Tenía delante a la mujer, a los hijos, y cavilaba cómo zafarían en la vida. Me puse a solucionar problemas. Tapaba huecos, rellenaba y firmaba papales, decidía sobre asuntos pendientes. Veía todo con mucha claridad. Solo, en el medio del mar, mandaba las últimas voluntades. Dicté, como quien dice, el testamento. Y cuando todo estuvo en orden, quedé muy tranquilo. Calmadísimo en el medio de la tempestad. Tenía la cara toda rasgada, pero en aquel momento el madero me pareció un almohada".
"Supe más tarde que a eso que me pasó le llaman los pensamientos de oro", dice Juan Jesú Piñeiro, de cincuenta y cuatro años, cocinero de barco. Está en su casa de la aldea costanera de Serres, en Muros, recien llegado de una larga navegación. Sentado al revés, de bruces sobre el respaldo de la silla, la mirada de Piñeiro se va nublando, perdida en la lejanía, como si divisara a través de los visillos el cacareo de las luces de Annaba o la silueta del cabo Bon" (pàg. 125-126)

1 comentari:

  1. Este verano he leído una recomendación tuya de hace algún tiempo, El corazón Helado de Almudena Grandes, y la verdad es que me ha parecido un libro magnífico. También he tenido tiempo de leer Las Veus del Pamano, sentado cada tarde en un banco de la plaza donde se rodó la serie. Delante de la escuela del pueblo, uno casi podía rememorar aquel frío tan fascista de la postguerra en un pequeño pueblo del Pallars.

    Un saludo.

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