diumenge, 28 d’agost de 2011

Lectures d'estiu-V: El Futuro y sus enemigos de Daniel Innerarity (III)


Daniel Innerarity: El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política. Barcelona, Paidós, 2009 (Col. Estado y sociedad, 165)


“Uno de los principales problemas que se nos plantean es precisamente el que se deriva del contraste entre la rapidez de los cambios sociales y la lentitud de la política. Los Estados son demasiado lentos con relación a la velocidad de las transacciones globales. La formación, la política y el derecho no aguantan el ritmo del mundo globalizado. Sus instituciones pierden progresivamente capacidad de configuración sobre los procesos de aceleración técnica y social. Gobernar se convierte en un problema. Bajo la complejidad de las exigencias de decidir y la presión mediática de inmediatez, las instituciones políticas ven reducida su esfera de influencia, en el mejor de los casos, a la reparación de los daños generados por el sistema económico y tecnológico…
Ésta es la rázón por la cual es Estado, que surgió como un elemento dinamizador de las de las sociedades modernas, aparece hoy como una figura de la ralentización social. Las administraciones, la burocracia, se presentan como paradigmas de lentitud, ineficacia e inflexibilidad. Todos los procesos de desburocratización o descentralización están motivados por esa presión de las administraciones públicas. Esta búsqueda desesperada de eficacia explica también el desplazamiento de los procedimientos de decisión desde los ámbitos de la política democrática a otros escenarios más ágiles, pero menos representativos y democráticos.” (pág. 149-150)


“Por eso la izquierda del siglo XXI debe poner cuidado en distinguirse del altermundialismo, lo que no significa que no hay problemas graves a los que hay de buscar una solución o que deba abandonarse la posición crítica, pero sin ceder a la letanía de deplorar la pérdida de influencia sobre el curso general del mundo. En lugar de proclamar que “otro mundo es posible”, más vale imaginar otras maneras de concebir y actuar sobre este mundo. La idea de que no se puede hacer nada frente a la globalización es una disculpa de la pereza política. Lo que no se puede es actuar como antes. La izquierda no se librará de ese pesimismo que la atenaza mientras no se esfuerce en aprovechar las posibilidades que genera la mundialización y en orientar el cambio social en un sentido más justo e igualitario” (pág. 196)


“Que la política sea una configuración del futuro quiere decir que en ella se realiza una peculiar lucha contra el destino, contra el mundo de los hechos presentados como indiscutibles. La política es el esfuerzo de transformar la fatalidad en responsabilidad. Una de las cosas que más merecen ser protegidas de nuestra tradición democrática es precisamente el rechazo del destino que se traduce en la voluntad de descubrir, comprender y transformar. El futuro depende de nuestras decisiones y compromisos más de lo que pensaron quienes elaboraron la idea moderna de progreso…El futuro no es tanto algo que deba adivinarse como algo que debemos imaginar y construir. La gran cuestión no es, por tanto, qué nos espera, sino qué vamos a hacer, sustituir las grandes disculpas ideológicas por los proyectos concretos” (pág. 200-201)


“La política es una combinación singular de visión y pasión, de perspectiva y determinación, por la que no dejamos de percibir la realidad como es, pero al mismo tiempo nos proyectamos más allá de lo meramente dado; es conciencia de los límites y voluntad de superarlos. La política sin visión se pierde en el ajetreo cotidianos y acabamos llegando adonde realmente no deseábamos; pero si le falta pasión, la política se muestra incapaz de hacer frente a la resistencia fatal de los hechos, a los que se acomoda fatalmente, sin llegar adonde se había propuesto.” (pág.201)


“…lo mejor que puede hacerse frente a una concepción conservadora de la política es combatirle en el terreno de la realidad, discutir su concepción de la realidad….A la derecha no debe oponérsele una ensoñación sino otra descripción de la realidad que sea mejor. La batalla no se gana mediante la apelación genérica a otro mundo sino en la lucha por describir la realidad de otra manera…Sería catastrófico dar por perdida la definición del campo de juego, aceptando alguna de las dos posibilidades que se le ofrecen: competir en la pugna por gestionar mejor esa realidad o combatirla desde un moralismo defensivo.
Contra los administradores oficiales del realismo hay que defender que la política no es mera administración, ni mera adaptación, sino configuración, diseño de los marcos de actuación, adivinación del futuro. ..El tipo de acción que es la política no opera únicamente con meras relga de la experiencia…Quien sea capaz de concebir esta incertidumbre como oportunidad, verá cómo la erosión de algunos conceptos tradicionales hace nuevamente posible la política como fuerza de innovación y transformación. Es urgente llevar a cabo una redefinición del sentido y de los objetivos de la acción política a partir de la idea de que en ella se conoce, es decir, se descubren aspectos de la realidad y posibilidades de acción que no pueden percibirse desde nuestras prácticas rutinarias y nuestros debates preconstituidos.” (pág. 204-205)


“La esperanza no es ilusión sin conocimiento. Si tenemos derecho a seguir esperando es gracias a la convicción de que los ideales de verdad y justicia tienen algún valor de explicación de la realidad y alguna viabilidad en este mundo; que la lógica de las cosas puede coincidir, al menos en parte, con la lógica de los valores…
Por eso defiendo un escepticismo más bien optimista, que tiene pocas cosas seguras pero muchas por posibles. Podría hablarse en este sentido de una esperanza democrática (Westbrook 2005), que no es ingenua ni demasiado confiada, que tiene la suficiente decepción a sus espaldas como para no fiarse excesivamente en las promesas pero a la que esa experiencia no le impide aspirar a lo mejor” (pág. 207-208)

divendres, 26 d’agost de 2011

Lectures d'estiu-V: El Futuro y sus enemigos de Daniel Innerarity (II)




Daniel Innerarity: El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política. Barcelona, Paidós, 2009 (Col. Estado y sociedad, 165)



“Hay una sospecha razonable de que la política democrática está sistemáticamente y problemáticamente fijada en el presente. ¿Cuáles son las razones de esta focalización autista en el presente? Podrían sintetizarse en unas de tipo estructural derivadas de la aceleración del tiempo social, la periodización electoral, el régimen de la demoscopia y el comportamiento de los electores, las tendencias demográficas y la presión organizada de los intereses” (pág. 23)

“¿Es justo formular una “preferencia temporal por los actualmente vivos?¿No sería esto una versión temporal del privilegio que algunos quieren realizar en el espacio, una especie de colonialismo temporal?. En ambos casos se establece una complicidad del “nosotros” a costa de un tercero: si en el exclusivismo de los espacios era el de fuera, en el imperialismo temporal es el de después quien corre con los gastos de nuestra preferencia. (Pág. 29)

“Somos “okupas” del presente…Cuanto más vivimos para nuestro propio presente, pmenos en condiciones estaremos de comprender y respetar los “ahoras” de los otros. Cuando los contextos de acción se extienden en el espacio hasta afectar a personas del otro punto del mundo y en el tiempo condicionando el futuro de otros cercanos y distantes, entonces hay muchos conceptos y prácticas que requieren una profunda revisión …debe ser tomado en consideración reflexivamente, lo que significa hacer transparente los condicionamientos implícitos y convertirlos en objeto de procesos democráticos. Una de las exigencias éticas y políticas fundamentales consiste precisamente en ampliar el horizonte temporal. Dicho sumariamente: dejar de considerar el futuro como el basurero del presente” (pág.31)

“La interdependencia de las generaciones exige un nuevo modelo de contrato social…El modelo de contrato social que regula únicamente las obligaciones entre los contemporáneos ha de ampliarse hacia los sujetos futuros…Las cuestiones de justicia intergeneracional no se resuelven con una lógica de la reciprocidad, sino con una ética de la transmisión…
En el fondo de la cuestión de las generaciones futuras, lo que está en juego es la noción misma de humanidad” (pág. 33-34)

“La principal urgencia de las democracias contemporáneas no es acelerar los procesos sociales sino recuperar el porvenir. Hay que volver a situar el futuro en un lugar privilegiado de la agenda de las sociedades democráticas” (pág. 37)

“La cuestión es encontrar correctamente el registro temporal para cada problema y articular el corto y largo plazo de manera apropiada a la naturaleza de lo que se quiere resolver…
La política se ha desarrollado tradicionalmente como una cuestión de espacio y objetos. Su esfera de responsabilidad se extendía a un territorio, a sus recursos y la distribución de sus bienes. Se encargaba de cosas que podían ser medidas y contadas: territorios, tente, instituciones, presupuestos, materias y precios. Con los debates acerca del cambio climático, la energía nuclear, la ingeniería genética, la gestión de los riesgos financieros, el futuro ha irrumpido en la política del presente” (pág. 42)

“El futuro se ha convertido en un problema…pero tal vez también la vía de solución para Procter a una reforma de la política. Nuestro mayor desafío consiste en volver a pensar y articular en la práctica la relación entre acción, conocimiento y responsabilidad….
Esta repolitización del futuro viene propiciada por la conciencia de su carácter abierto, en buena medida desconocido, pero también por la conciencia de que el futuro es estructurado por la acción presente. Esta combinación de incertidumbre y responsabilidad lo convierte en un asunto eminentemente político, es decir, sujeto a los procedimientos de deliberación y legitimación colectiva” (pág. 43)


“El futuro ha de ser gestionado mediante procesos que representen una gran innovación institucional” (pág. 44)

dimecres, 24 d’agost de 2011

Lectures d'estiu-V: El Futuro y sus enemigos de Daniel Innerarity (I)

Hay libros que pasan, otros a los que dejas pasar, otros que te dejan un buen sabor, otros que quieres olvidar por el tiempo desperdiciado en su lectura, otros que son de obligado cumplimiento y otros, los menos, son los que caen en tus manos en el momento oportuno y que pasan a ser inolvidables para tu educación sentimental y vital.

Es lo que me ha pasado con el libro de Daniel Innerarity: El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política. Barcelona, Paidós, 2009 (Col. Estado y sociedad, 165)

Era una lectura que, a priori, prometía, por el autor, de solvencia probada, y por la temática, el futuro y la política. Pues bien el libro de Innerarity sobrepasa cualquier previsión optimista. Es un libro que te hace repensar muchas cosas, observar la realidad social y política desde perspectivas nuevas, amplias y con objetos de análisis y enfoques diferentes y no habituales en la literatura política, ni en la sociológica, ni en la praxis institucional ni política, ni, por supuesto, en la de los medios de comunicación.

El autor nos deja un mensaje optimista y es que mientras el hombre y la mujer sean animales sociales, con capacidad de incidir democráticamente en el presente y el futuro político, hay esperanza y hay futuro para moldear la vida colectiva con más justicia social. En un momento de crisis de confianza en el papel de la política como fuerza de transformación social, el libro de Innerarity es un balón de oxígeno, imprescindible, para cualquier persona interesada en buscar un sentido social a nuestra compleja realidad, sin excluir u olvidar el futuro.

Lo recomendable es leer el libro, pero, por si después de las vacaciones, las urgencias no dejan espacio para la lectura y la reflexión, os dejo, en tres entradas del blog, algunos párrafos con algunas de las ideas y análisis que me han parecido interesantes.




"Buena parte de nuestros malestares y de nuestra escasa racionalidad colectiva se deben al hecho de que las sociedades democráticas no se relacionan nada bien con el futuro. De entrada, por que todo el sistema político y la cultura en general están volcados sobre el presente inmediato y poirque nuestra relación con el futuro colectivo no es de esperanza y proyecto, sino más bien de precaución e improvisación." (pág.11-12)



"Este libro trata de contribuir a una nueva teoríca del tiempo social en uno de sus aspectos más relevantes-cómo se relaciona la sociedad con su futuro, cómo se anticipa, cómo se decide y configura- extrayendo de esta perspectiva una serie de lecciones que pueden ayudar a una renovación de nuestro modo de entender y llevar a cabo la política." (pág. 13)


"Toda teoría de la sociedad debe ser hoy una teoría del timpo y especialmente del empleo que hacemos del futuro. Y es que la crisis de la política tiene mucho que ver con una crisis del futuro y de su creciente ilegibilidad. La transformación que las sociedades democráticas necesitan vendrá de la mano de una apertura a considerar el futuro como su especio más interesante de acción, si acertamos a la hora de establecer procedimientos para liberarnos de la tiranía del corto plazo y abrirnos hacia el horizonte más ambicioso de la longue durée". (pág. 13)


"...nuestro actual desafío no es otro que estructurar nuevamente el tiempo en la era de la globalización. La tarea principal de la política democrática es la de establecer la mediación entre la herencia del pasado, las prioridades del presente y los desafíos del futuro." (pág. 13)


"El futuro tiene malos abogados en el presente y padece debilidad crónica. El problema de nuestras democrácias es que el antagonismo político está absorbido por el presente...La lógica de lo urgente desestructura nuestra relación con el tiempo, subordinado siempre al momento presente". (pág. 14)


"No es la urgencia lo que impide elaborar proyectos a largo plazo, sino la ausencia de proyecto la que nos somete a la tiranía del presente. El movimiento contemporáneo, la adaptación incesante al cambio que se nos exige, es vivido conforme a una lógica de la supervivencia, no de la esperanza. A fuerza de explicar que los "grandes relatos" han muerto, su lugar ha sido ocupado por la defensa de los "derechos adquiridos"; ...donde no se prepara el futuro, la política se limita a gestionar el presente" (pág. 15)


"¿Quiénes son entonces loes enemigos del futuro que deben ser desenmascarados?...Buena parte de la retórica de la innovación, por ejemplo, constituye una trivialización del futuro cuando no se inserta en un contexto social de sentido." (pág. 15)


"Si las utopías modernas pensaron el futuro en términos fundamentalmente de innovación social, la actual retórica del futuro parece haberlo restringido al ámbito de las innovaciones tecnológicas y los mercados espansivos.


El futuro se asociacia frecuentemente con la aceleración...La aceleraciónno es un rattrapage del futuro sino uno de sus principales enemigos. Además de la alternativa entre aceleración y desaceleración está la de verdadero y falso movimiento, en virtud de la cual advertimos que en ocasiones el aumento de la velocidad revela perplejidad, mientras que la reflexividad constituye la condición de posibilidades de cambios más profundos. En todo momento hay que distinguir el futuro de su apariencia. Sólo así podríamos explicar, por ejemplo, la paradoja de que tecnologías altamente destructivas se presentan como portadoras del futuro, mientras que, por ejemplo, las estrategias ecológicas que aseguran ese futuro puedan aparecer como conservadoras...Por eso una de las tareas críticas más importantes consiste en combatir el falso movimiento" (pág. 16-17)


“Entre los peores enemigos del futuro están también aquellos que se empeñan en neutralizar a toda costa su carácter abierto e imprevisible…Conceptos como resiliencia, riesgo, emergencia o gobernanza se han pensado como respuestas al fracaso de la planificación determinista, pero sin renunciar a una gestión inteligente y responsable del futuro. Se trataría de repensar el futuro como un escenario de libertad, una hipótesis o una promesa, y no como una realidad determinante, algo cuya mejor prueba se encuentra en el hecho de que el pasado esté lleno de futuros que no llegaron a realizarse” (pág. 17)


“…deberíamos reformular el antagonismo político que, desde la modernidad, ha sido fijado en torno a un esquema izquierda-derecha definido a partir de un supuesto movimiento de la historia. Progresistas y conservadores lo hay en todo el arco ideológico…Lo ideológicamente decisivo en la actualidad no es definirse en términos de movimiento o quietud, sino a partir de la contraposición entre el movimiento hacia el futuro y el movimiento a ninguna parte…El progresismo está hoy allá donde se ponen en marcha procesos para configurar el futuro desconocido, donde se gestiona responsablemente la incertidumbre.” (pág. 18)


“La cuestión decisiva es saber si nuestras democracias son capaces de anticipar posibilidades futuras en un contexto de gran incertidumbre, si están en condiciones de realizar proyectos y tensar el tiempo social, de articular intergeracionalmente a la sociedad, actuando en esas “sombras de futuro” (Axelrod 1984) con criterios de legitimidad y responsabilidad”. (pág.21)


“…una reintegración del futuro en la actividad política sea un elemento de transformación e innovación de la vida democrática” (pág.22)


Daniel Innerarity: El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política. Barcelona, Paidós, 2009 (Col. Estado y sociedad, 165)

dilluns, 22 d’agost de 2011

Lectures d'estiu-IV: Tan cerca del aire de Gustavo Martín Garzo


Foto: Lidia Larrosa (2010)

"Luego marché a Segovia, donde trabajé como bibliotecaria. La biblioteca municipal estaba en un edificio casi en ruinas, pero fui muy feliz con aquel trabajo. Apenas iba nadie a por libros y me pasaba las horas leyéndolos y conlocándolos. Las bibliotecas son como un gran almacén donde se guardan todas las emociones humanas. ¿Y sabes qué se aprende cuando paseas por ese almacén?: que pudeden traerse cosas de los sueños. Un escritor inglés escribió un poema en el que un joven sueña con un jardín fabuloso donde todo es perfecto. Paseando por sus senderos, ve un rosal radiante y toma distraído una de sus rosas. Pero sucede algo y se descubre, de golpe, acostado en el cuarto inmundo de una pensión. Comprende decepcionado que ese jardín sólo ha existido en su fantasíay, cuando trata de volver a dormirse, ve sobre la mesilla la rosa que acaba de cortar. Puede que el jardín fuera un sueño, pero se ha traído de él una flor.¿Es posible esto?. ¡Claro que lo es! El poeta no se limitó a soñar con un lugar maravilloso, sino que escribió un poema que yo podía leer. Ese poema era la rosa, una rosa de palabras."
Gustavo Martín Garzo: Tan cerca del aire. Barcelona, Plaza y Janés, 2010

dissabte, 20 d’agost de 2011

Lectures d'estiu-III: Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes



"Pensé en Don Segundo Sombra, que en su paso por mi pueblo me llevó tras él, como podía haber llevado un abrojo de los cercos prendido en el chiripá.

Cinco años habían pasado sin que nos separarámos ni un solo día, durante nuestra penosa vida de reseros. Cinco años de ésos hacen de un chico un gaucho, cuando se ha tenido la suerte de vivirlos al lado de un hombre como el que yo llamaba mi padrino. Él fue quie me guió pacientemente hacia todos los conocimientos de hombre de pampa. Él me enseñó los saberes del resero, las artimañas del domador, el manejo del lazo y las boleadoras, la difícil ciencia de formar un buen caballo para el aparte y las pechadas, el entablar una tropilla y hacerla parar a mano en el campo, hasta poder agarrar los animales dónde y como quisiera. Viéndolo me hice listo para la preparación de lonjas y tientos con los que luego hacía mis bozales, riendas, cinchones, encimeras, así como para injerir lazos y colocar argollas y presillas.

Me volví médico de mi tropilla, bajo su vigilancia,y fui vaquiano para curar el mal del vaso dando vualta la pisada, el moquillo con la medida del perro o labrando un fiador con trozos de un mismo maslo, el mal de orina poniendo sobre los riñones una cataplasma de barro podrido, la renguera de arriba atando una cerda de la pata sana, los hormigueros con una chaira caliente, los nacidos, cerda brava y otros males, de diferentes modos.

También por él supe de la vida, la resistencia y la entereza en la lucha, el fatalismo en aceptar sin rezongos lo sucedido, la fuerza moral ante las aventuras sentimentales, la desconfianza para con las mujeres y la bebida, la prudencia entre los forasteros, la fe en los amigos."

Ricardo Güiraldes: Don Segundo Sombra, Madrid, Jorge Mesta ediciones, 2001 (pág. 68)

dijous, 18 d’agost de 2011

Lectures d'estiu-II: La mancha humana de Philip Roth


Foto: CGLores, cuadro de Chagal de la Fundación F Maeght (Francia)

"Y, no obstante, después de su acción, explotó el sistema. Después de su acción, lo consiguió: nunca más vivió fuera de la protección de la ciudad amurallada que es la convención. O más bien vivió, al mismo tiempo, dentro por completo y, subrepticiamente, excluido del todo, tal era la plenitud de la vida particular que se ha había creado...El hombre que decide forjarse un nítido destino histórico, que emprende la tarea de soltar el resorte histórico, y que lo logra, que consigue con brillantez alterar su suerte personal, solo para caer en la trampa de la historia con la que no había contado: la historia que todavía no es historia, la historia que se hace ahora mismo, la historia que prolifera mientras escribo, añadiendo un minuto a la vez, y que comprenderán mejor en el futuro de lo que jamás la comprendemos nosotros. El nosotros que es ineludibles: el momento presente, la suerte común, el talante actual, la mentalidad de tu país, la llave estranguladora de la historia que es su propio tiempo. Debilitado por la naturaleza aterradoramente provisional de todo". Philip Roth: La mancha humana. Barcelona, Debolsillo, 2010 (pág. 402-403)

dimarts, 16 d’agost de 2011

¿Estamos en el camino equivocado para salir de la crisis?: dos premios nobel de economía lo avisan

En estos días asistimos, perplejos, a la debacle del sistema financiero nacional e internacional, a lo que parece otra nueva fase de agudización de la crisis que empezó en 2008. Y cuando tratas de averiguar las causas de este enésimo crack financiero sólo intuyes que hay grupos de interés, o sea personas, que detrás de esta situación, están ganando muchísimo dinero, aunque sea a costa de poner en peligro el propio sistema económico y social de los países occidentales y, lo más grave, el bienestar y el futuro de muchas personas que viven de su trabajo. Pero, si ya es difícil desentrañar qué y quienes están moviendo los hilos de esta crisis, más difícil todavía es encontrar la receta mágica o el tratamiento eficaz para salir, bien y rápido, de esta situación.

Los mismos gurús de la economía y la política que nos han llevado a la crisis que padecemos, recetaban la desregularización absoluta de los mercados y las finanzas, acompañado de la minimización de los estados y la política, fueron los que acudieron al dinero público para salvar sus negocios en los momentos de pánico. Pues bien, esos mismos ideólogos, ahora denuncian el endeudamiento de las cuentas públicas, como si ellos no tuvieran ningún papel en la situación creada. Ellos, que han provocado la crisis, a los que hemos salvado del hundimiento y no han pagado nada por ello, ahora no sólo se atreven a dar lecciones de qué hay que hacer, si no que nos imponen la receta a los demás: bajar la deuda de los estados a costa de hacer recortes drásticos en prestaciones sociales y en inversiones, sin ofrecer otras soluciones económicas capaces de crear empleo. Suena a lo que hacían las abuelas con el aceite de ricino cuando alguien tenía algún problema estomacal, o bien se curaba o se quedaba en el intento.

Parece que en esta trampa están atrapados todos los gobiernos, incluso los pocos socialdemócratas que quedan en el mundo, las empresas y los trabajador@s, sin que se intuya un aparente camino distinto. Pero, en este panorama desolador, hay voces, que nos están diciendo que para salir de la crisis hay otros caminos, otras medicinas. Tanto JOSEPH E.STIGLITZ como PAUL KRUGMAN, ambos premios Nobel de economía, recetan un tratamiento opuesto al que vemos se esta implantado en toda Europa y EEUU. Ellos apuestan por políticas económicas dirigidas des de los estados y des de la política para revitalizar la economía, crear empleo, consumo y recursos para pagar los servicios y, a la larga, ir bajando la deuda pública. Ambos sostienen que obsesionarse por bajar, como sea, las deudas públicas sólo nos llevan a un camino sin salida, al precipicio social, que es el más peligroso para la economía. Esperemos que no sean voces que claman en el desierto y que los empecemos no sólo a escuchar si no a oír, para iniciar ese otro camino posible. Es urgente que tengamos una política capaz de imponerse a los mercados y al poderoso sistema financiero internacional, a ese capitalismo global sin alma.



"Deberíamos estar reconstruyendo escuelas, redes de distribución de agua, carreteras y demás"

La crisis secuestrada, de Paul Krugman en el País (14-8-2011)

Les ha dejado la agitación de los mercados con una sensación de miedo? Bueno, pues debería. Está claro que la crisis económica que empezó en 2008 no ha terminado ni mucho menos.

Pero hay otra emoción que deberían sentir: ira. Porque lo que estamos viendo ahora es lo que pasa cuando la gente influyente se aprovecha de una crisis en vez de tratar de resolverla.

Durante más de un año y medio -desde que el presidente Obama decidió convertir los déficits, y no los puestos de trabajo, en el tema central de su discurso sobre el Estado de la Unión de 2010- hemos mantenido un debate público que ha estado dominado por las preocupaciones presupuestarias, mientras que prácticamente se ha hecho caso omiso del empleo. La supuestamente urgente necesidad de reducir los déficits ha dominado hasta tal punto la retórica que, el lunes, en medio de todo el pánico en las Bolsas, Obama dedicaba la mayoría de sus comentarios al déficit en vez de al peligro claro y presente de una nueva recesión.

Lo que hacía que todo esto resultase tan grotesco era el hecho de que los mercados estaban indicando, tan claramente como cualquiera podría desear, que nuestro mayor problema es el paro y no los déficits. Tengan en cuenta que los halcones del déficit llevan años advirtiendo de que los tipos de interés de la deuda soberana de EE UU se pondrían por las nubes en cualquier momento; se suponía que la amenaza del mercado de los bonos era la razón por la cual debíamos reducir drásticamente el déficit. Pero esa amenaza sigue sin materializarse. Y esta semana, justo después de una rebaja de calificación que se suponía que debía asustar a los inversores en bonos, esos tipos de interés en realidad se han hundido hasta mínimos históricos.

Lo que el mercado estaba diciendo -casi a voces- era: "¡No nos preocupa el déficit! ¡Nos preocupa la debilidad de la economía!". Porque una economía débil se traduce tanto en unos tipos de interés bajos como en una falta de oportunidades empresariales, lo que, a su vez, se traduce en que los bonos del Tesoro se convierten en una inversión atractiva aunque la rentabilidad sea baja. Si la rebaja de la deuda de EE UU ha tenido algún efecto, ha sido el de acrecentar los temores a unas políticas de austeridad que debilitarán aún más la economía.

¿Y cómo llegó el discurso de Washington a estar dominado por el problema equivocado?

Los republicanos radicales, cómo no, han tenido algo que ver. Aunque no parece que los déficits les importen demasiado (prueben a proponer cualquier subida de los impuestos a los ricos), han descubierto que insistir en los déficits es una forma útil de atacar los programas del Gobierno.

Pero nuestro debate no habría llegado a estar tan descaminado si otras personas influyentes no hubiesen estado tan ansiosas por eludir el asunto del empleo, incluso ante una tasa de paro del 9%, y secuestrar la crisis en defensa de sus planes previos.

Repasen la página de opinión de cualquier periódico importante, o escuchen cualquier programa de debate, y es probable que se topen con algún autoproclamado centrista afirmando que no hay remedios a corto plazo para nuestras dificultades económicas, que lo responsable es centrarse en las soluciones a largo plazo y, en concreto, en la "reforma de las prestaciones", o sea, recortes en la Seguridad Social y Medicare. Y cuando se topen con alguien así, sean conscientes de que esa clase de gente es uno de los principales motivos por los que tenemos tantos problemas.

Porque el hecho es que, en estos momentos, la economía necesita desesperadamente un remedio a corto plazo. Cuando uno sangra profusamente por una herida, quiere un médico que le vende esa herida, no un doctor que le dé lecciones sobre la importancia de mantener un estilo de vida saludable a medida que uno se hace mayor. Cuando millones de trabajadores dispuestos y capaces están en paro, y se desperdicia el potencial económico al ritmo de casi un billón de dólares al año, uno quiere políticos que busquen una recuperación rápida en vez de gente que le sermonee sobre la necesidad de la sostenibilidad fiscal a largo plazo.

Por desgracia, lo de dar lecciones sobre la sostenibilidad fiscal es un pasatiempo de moda en Washington; es lo que hacen las personas que quieren parecer serias para demostrar su seriedad. Así que, cuando la crisis estalló y nos arrastró a unos grandes déficits presupuestarios (porque eso es lo que pasa cuando la economía se contrae y los ingresos caen en picado), muchos miembros de nuestra élite política tenían muchas ganas de utilizar esos déficits como excusa para cambiar de tema y pasar del empleo a su cantinela favorita. Y la economía seguía desangrándose.

¿Qué conllevaría una respuesta real a nuestros problemas? Ante todo, por el momento conllevaría más gasto gubernamental, no menos; con un paro masivo y unos costes de financiación increíblemente bajos, deberíamos estar reconstruyendo nuestras escuelas, carreteras, redes de distribución de agua y demás. Conllevaría unas medidas agresivas para reducir la deuda familiar mediante la condonación y la refinanciación de las hipotecas. Y conllevaría un esfuerzo por parte de la Reserva Federal para tratar por todos los medios de poner la economía en movimiento, con el objetivo intencionado de generar más inflación a fin de aliviar los problemas de endeudamiento.

Lógicamente, los sospechosos habituales tacharán esas ideas de irresponsables. Pero ¿saben lo que es de verdad irresponsable? Secuestrar el debate sobre la crisis para conseguir las mismas cosas que uno defendía antes de la crisis, y dejar que la economía siga desangrándose.

Paul Krugman es profesor en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía. © 2011. New York Times Service. Traducción de News Clips.


"La respuesta -recortes masivos del gasto- garantiza que los niveles de desempleo inaceptablemente altos (un vasto desperdicio de recursos y un exceso de oferta de sufrimiento) se prolonguen durante años".


Un contagio de malas ideas de Joseph E. Stiglitz en El País (14-8-2011)

La gran recesión de 2008 se ha transformado en la recesión del Atlántico norte: son principalmente Europa y EE UU, no los mercados emergentes más importantes, los que se han visto afectados por el lento crecimiento y alto desempleo. Y son Europa y EE UU los que marchan, juntos o separados, hacia el desenlace de una gran debacle. La explosión de una burbuja condujo a un estímulo keynesiano masivo que evitó una recesión mucho más profunda, pero también impulsó déficits presupuestarios importantes. La respuesta -recortes masivos del gasto- garantiza que los niveles de desempleo inaceptablemente altos (un vasto desperdicio de recursos y un exceso de oferta de sufrimiento) se prolonguen durante años.

La Unión Europea finalmente se ha comprometido a ayudar a sus miembros en dificultades financieras. No tenía opción: la agitación financiera amenazaba con extenderse desde países pequeños como Grecia e Irlanda a otros grandes como Italia y España, y la propia supervivencia del euro afrontaba peligros crecientes. Los líderes europeos reconocieron que las deudas de los países en problemas serían inmanejables a menos que sus economías pudiesen crecer, y que el crecimiento no se lograría sin ayuda.

Pero si bien los líderes europeos prometieron que la ayuda estaba en camino, reforzaron su creencia de que los países sin crisis deben recortar sus gastos. La austeridad resultante retrasará el crecimiento europeo y con ello el de sus economías con mayores problemas: después de todo, nada ayudaría más a Grecia que el crecimiento robusto de sus socios comerciales. Y el bajo crecimiento dañará la recaudación tributaria, socavando la meta proclamada de consolidación fiscal.

Las discusiones previas a la crisis ilustraron lo poco que se había hecho para reparar los fundamentos económicos. La oposición vehemente del Banco Central Europeo a algo esencial para todas las economías capitalistas -la reestructuración de la deuda de las entidades en quiebra o insolventes- evidencia la continua fragilidad del sistema bancario occidental.

El BCE argumentó que los contribuyentes deberían hacerse cargo del coste total de la deuda soberana griega en problemas, por miedo a que cualquier participación del sector privado pudiese disparar un evento crediticio que forzara importantes erogaciones sobre los seguros de impago crediticio (CDS) y posiblemente fomentara mayores problemas financieros. Pero si ese es un miedo real del BCE -si no se trata meramente de actuar en favor de los prestamistas privados-, tendría que haber exigido a los bancos que mantengan más capital.

Además, el BCE tendría que haber prohibido a los bancos operar en el arriesgado mercado de los CDS, donde son rehenes de las decisiones de las agencias de calificación sobre lo que constituye un evento crediticio. En efecto, un logro positivo de los líderes europeos en la reciente cumbre de Bruselas fue comenzar el proceso de limitar tanto al BCE como al poder de las agencias de calificación estadounidenses.

De hecho, el aspecto más curioso de la posición del BCE fue su amenaza de no aceptar los bonos reestructurados como garantía si las agencias de calificación decidían que la reestructuración debía clasificarse como un evento crediticio. La idea de la reestructuración era liquidar deuda y lograr que el resto fuese más manejable. Si los bonos eran aceptables como garantía antes de la reestructuración, ciertamente serían más seguros después de ella y, por tanto, igualmente aceptables.

Este episodio sirve como recordatorio de que los bancos centrales son instituciones políticas con una agenda política, y que los bancos centrales independientes tienden a ser capturados (al menos cognitivamente) por los bancos a los que supuestamente deben regular.

Y la situación no está mucho mejor del otro lado del Atlántico. Allí, la extrema derecha amenazó con paralizar al Gobierno de EE UU, confirmando lo que sugiere la teoría de los juegos: cuando personas racionales se enfrentan a quienes están irracionalmente decididos a la destrucción si no logran su objetivo, son estos últimos quienes prevalecen.

Como resultado, el presidente Barack Obama consintió una estrategia desequilibrada de reducción de la deuda, sin aumentos de impuestos -ni siquiera para los millonarios a quienes les ha ido tan bien durante las últimas dos décadas, y sin siquiera eliminar las dádivas impositivas a las empresas petroleras, que socavan la eficiencia económica y contribuyen a la degradación ambiental.

Los optimistas argumentan que el impacto macroeconómico de corto plazo del acuerdo para aumentar el tope del endeudamiento estadounidense y evitar el impago de la deuda soberana será limitado: recortes en el gasto de aproximadamente 25.000 millones de dólares para el año próximo. Pero el recorte en los impuestos sobre los salarios (que contribuía con más de 100.000 millones al bolsillo del ciudadano común estadounidense) no fue renovado, y seguramente las empresas, anticipando las consecuencias contractivas, serán aún más renuentes a otorgar créditos.

La cesación del estímulo es en sí misma contractiva. Y a medida que los precios de los inmuebles continúan cayendo, que el crecimiento del PBI vacila y el desempleo se empecina en mantenerse elevado (uno de cada seis estadounidenses que desean un trabajo a tiempo completo aún no puede obtenerlo), lo que hace falta es más estímulo y no austeridad -incluso para equilibrar el presupuesto-. El impulsor más importante del crecimiento del déficit es la baja recaudación fiscal debida a un pobre desempeño económico; el mejor remedio sería que EE UU vuelva al trabajo. El reciente acuerdo de la deuda es una jugada en la dirección equivocada.

Ha habido mucha preocupación sobre el contagio financiero entre Europa y EE UU. Después de todo, los errores de gestión financiera estadounidense desempeñaron un papel importante en el desencadenamiento de los problemas europeos, y la agitación financiera europea no será buena para EE UU -especialmente considerando la fragilidad del sistema bancario estadounidense y su continuo papel respecto de los poco transparentes CDS.

Pero el problema real surge de otro tipo de contagio: las malas ideas cruzan fácilmente las fronteras, y las nociones económicas equivocadas a ambos lados del Atlántico se han estado reforzando entre sí. Esto será también válido para el estancamiento que esas políticas conllevarán.

Joseph E. Stiglitz es profesor de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía. © Project Syndicate, 2011. Traducido por Leopoldo Gurman.

dissabte, 13 d’agost de 2011

La igualdad y la crisis, artículo de Amparo Rubiales



Nuria Pompeia
Mujercitas. Editorial Kairós. Barcelona, 1975

La igualdad y la crisis, de Amparo Rubiales en El País (1-08-2011)

La historia de la humanidad ha sido la de una larga búsqueda de la libertad y la igualdad; también de la solidaridad. Esa búsqueda es más difícil y duradera para las mujeres y está, además, inconclusa. Se puede considerar que la libertad se ha conseguido en algunos países, pero en ninguno se ha logrado la igualdad. Las mujeres hemos tenido que subir empinadas cuestas, que concluyen en ese invisible techo de cristal que detiene la promoción personal que queremos compatible con la maternidad, lo que además de un instinto es algo necesario para la supervivencia de la especie humana y eje sobre el que gravita la vida familiar.

La civilización en la que vivimos va a la deriva. Los principios en los que se sustenta, también. Hoy hablamos poco de aquellos eslóganes de “libertad, igualdad, solidaridad”. La libertad la buscan los países que no la tienen, la solidaridad la reclaman los que sufren su ausencia y la igualdad de género se da por supuesta y ya no preocupa. Se habla de igualdad de oportunidades, pero se olvida que la primera de ellas es hacer real la de las mujeres.

La filósofa y feminista francesa Elisabeth Badinter escribe: “A principios de los años noventa la crisis económica devolvió a un gran número de mujeres al hogar y, particularmente, a las menos formadas y a las más débiles económicamente”… “Del mismo modo, la crisis económica tuvo consecuencias negativas sobre la esperada evolución de los hombres. Su resistencia al reparto de las tareas y a la igualdad se vio incrementada”. Si esto ocurrió en aquellos años de una crisis infinitamente menor, ¿qué está pasando ahora? Apenas tenemos estudios específicos que nos orienten. El desempleo afecta más a los hombres que a las mujeres porque es consecuencia de la crisis de la construcción y a ella se dedicaban básicamente ellos, pero ¿qué está pasando con el empleo de las mujeres?, ¿les cuesta más conseguirlo?, ¿se va reduciendo el número de puestos de trabajo ocupados por ellas?, ¿se agudiza la brecha salarial?

Sabemos que la representación política de las mujeres mejora, aunque apenas llega a un 20% a nivel global, pero ¿qué pasa con la presencia de las mujeres en el mundo económico y financiero? ¿Se aprovecha su enorme potencial? Su poder es casi simbólico. ¿Avanza la corresponsabilidad en las tareas del hogar? ¿Qué está pasando con la violencia de género? Tenemos noticias, pero la reacción social es insuficiente. Ni siquiera los indignados se han manifestado contra ella, como tampoco parece que la igualdad entre hombres y mujeres forme parte del núcleo duro de sus reflexiones.

Alguien tan inteligente y sensato como el sociólogo Fernando Vallespín ha escrito que caminamos “hacia un nuevo contrato social”. Cuando leí el artículo pensé que al fin alguien retomaba la propuesta de cambiar el contrato social que nos impusieron y que fijó unas relaciones sociales que nos excluían del mundo de lo público, pero no citaba ni una sola vez a la mitad de la humanidad que somos las mujeres, que debemos intervenir en las nuevas reglas sociales por construir. Todo ello, a pesar de que me consta que el autor es sensible a la igualdad de género.

El Contrato social que escribió Rousseau redujo nuestro mundo a lo privado, produciendo una escisión social cuyas consecuencias todavía nos afectan, en mayor o menor medida, según los países y las circunstancias de cada momento. De la época de la Ilustración viene el feminismo como movimiento social, plural y diverso, con el objetivo de que se reconocieran a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, para hacer real la igualdad entre ambos. La igualdad legal se alcanzó, conquista que costó dos siglos, pero la real sigue siendo una asignatura pendiente y su defensa está desaparecida en la crisis; apenas existe en el discurso político y menos en el económico. La solución no está en olvidar la igualdad de género.

El desempleo, la falta de perspectiva de las personas, es tan brutal, que todo lo demás parece importar poco. En España, el presidente Zapatero, que tanto ha hecho por la igualdad, crea un ministerio como instrumento para hacerla efectiva y, al poco tiempo de constituirlo, lo suprime, con el apoyo de la oposición, que había conseguido previamente aprobar en el Congreso su desaparición. Todo ello se ha revestido con el argumento de su inutilidad y de la necesaria austeridad. Hoy, ni siquiera el movimiento del 15-J, que discute, con razón, esta imperfecta democracia, ha tenido en cuenta la existencia de este importante movimiento social, el feminista, tan plural y de tan dilatada trayectoria. El movimiento reivindica una democracia real, pero no dice que sin igualdad esta no puede existir. El discurso igualitario es una historia de viejas feministas, pero sigue siendo vital.

Termino citando, de nuevo, a Badinter, que escribe: “Como Rousseau en su época, hoy se las quiere convencer de que se reconcilien con la naturaleza y vuelvan a los fundamentos, cuyo pilar sería el instinto maternal. Pero a diferencia del siglo XVIII, ellas hoy tienen tres posibilidades: adherirse, negarse o negociar…”, pero no serán ya excluidas, añado.

Amparo Rubiales, doctora en Derecho, es abogada y consejera electiva de Estado.

diumenge, 7 d’agost de 2011

Lectures d'estiu-I: A peu per la Terra Alta de Josep M. Espinàs



"Hi ha una mena de caminant purista que no vol saber res de les carreteres i, honradament, jo no sóc d'aquest llinatge. No faré la defensa dels camins, que tanta gent ha fet, i el meu afegit d'elogis seria superflu. He corregut molts camins, pel meu país, fàcils i difícils, encaixonats i airosos, desanimadors i engrescadors. Els camins m'han proporcionat disgustos, però també satisfaccions inoblidables. Seguint els estrets i ramificats camins d'una vall ensotada m'ha semblat, a vegades, com si seguís les ratlles del palmell d'una mà, i estés a punt de revelar-se'm el secret de l'existència, que és la barreja dels dubtes, les instuïcions, les sorpreses, les desesperances, les plenituds.

Un camí és una oportunitat de perdre's, i això no prempre és dolent."


Pàg. 119, Josep M. Espinàs: A peu per la Terra Alta. Barcelona, Edicions la Campana, 1989

dimarts, 2 d’agost de 2011

Nuestro gran problema es el populismo que impide construir el interés general ...: artículo de Daniel INNERARITY


Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática.

Artículo publicado en El Diario Vasco/El Correo 23/07/2011

Nuestro gran problema es el populismo que impide construir el interés general con todas sus exigencias de equilibrio y responsabilidad.


Decía Charles Taylor que la democracia es una tensión entre las instituciones y la calle. Junto a la política que podríamos llamar ‘oficial’ discurre todo un magma de procesos que condicionan el mundo institucional. A las tensiones que se siguen de esta coexistencia les debemos, entre otras cosas provechosas, que el sistema político se enriquezca, corrija o amplíe su cortedad de vista. No podemos confiar los avances políticos únicamente a la competencia de sus profesionales. Una buena parte de los progresos que la política ha realizado tuvieron su origen en causas exógenas: seguramente la mayoría de las conquistas sociales no fueron ocurrencias de los políticos sino el resultado de presiones sociales muy concretas. En la sociedad hay una energía que el sistema político requiere para ejercer su función, unos recursos de los que no dispone soberanamente y que a veces incomodan e incluso subvierten el orden establecido, pero que siempre condicionan el ejercicio de ese poder establecido.

Ahora bien, suponer que ‘la calle’ es necesariamente mejor que las instituciones es mucho suponer; también hay en ella movimientos regresivos, presiones y lobbies, emociones irracionales, representaciones ilegítimas o insuficientes. ‘La calle’ puede ser peor, reaccionaria incluso. No deberíamos olvidar tampoco que el mundo de los movimientos sociales es tan plural como la misma sociedad y que de las energías sociales cabe esperar una cosa y su contraria, avances y retrocesos, que los hay de derechas y de izquierdas. Hay quien invoca la participación de la sociedad y está pensando únicamente en aquella fuerza que le conviene. Pero en la sociedad hay de todo, como es lógico. La expectativa de superar el marco de la democracia representativa cuenta, por cierto, con partidarios en ambos lados de espectro político: lo que los movimientos sociales de los 60 representaron en el imaginario de la izquierda se encuentra igualmente en la apelación neoliberal a la sociedad civil en los 90. Se trata de una coincidencia que debería al menos hacernos pensar.

La democracia es un régimen en el que se admite esa y otras tensiones porque se supone que nadie tiene toda la razón. Lo que nos salva de los daños de las malas decisiones es que están equilibradas con otros actores, limitaciones y procedimientos: hay gobierno pero afortunadamente existe también oposición; las encuestas nos permiten saber lo que la gente quiere ahora pero el liderazgo político puede atenerse a criterios menos populares; hay cosas que deben consultarse y otras sobre las que está prohibido consultar; la administración nos protege de los políticos demasiado originales y estos compensan con decisiones audaces la falta de imaginación de sus burocracias; los expertos limitan la frivolidad de algunos políticos y gracias a estos no estamos bajo la tiranía de aquellos; sin reglas del juego no podríamos discutir, pero la discusión nos lleva no pocas veces a exigir la revisión de alguna de esas reglas. El dualismo entre las instituciones y la calle es uno de esos equilibrios que deben ser tomados en consideración, como el de representación y participación o el de obediencia y protesta.

¿Y si el gran enemigo de nuestras democracias no fuera tanto la fortaleza de las instituciones como su debilidad frente a las veleidades de la opinión pública? ¿Qué significa regular políticamente los mercados sino impedir el encadenamiento fatal de las libres decisiones de los inversores? Nuestro gran problema es el populismo que impide construir el interés general con todas sus exigencias de equilibrio y responsabilidad. No es el distanciamiento de las élites respecto del pueblo lo que ha empobrecido nuestras democracias sino, por así decirlo, su excesiva cercanía, la debilidad de la política vulnerable a las presiones de cada momento y atenta únicamente a los vaivenes del corto plazo.

En una sociedad democrática la política está al servicio de la voluntad popular, ciertamente, pero esa voluntad es tan compleja, tan necesitada de interpretación como compleja es la realidad del ‘pueblo’ al que continuamente nos referimos. Como todo aquello que se considera evidente, apelar al pueblo sirve casi siempre para bloquear la discusión. Pero en cuanto se indaga un poco comienzan los desacuerdos. ¿El pueblo es el que reflejan las encuestas y los sondeos, el representado por los representantes, una realidad atravesada por la globalización o la unidad autárquica sustraída de toda interferencia? Pues probablemente todas esas cosas; los procedimientos democráticos no son sino modos de verificar de qué o de quién estamos hablando en cada caso. El pueblo, de entrada, es una realidad borrosa, algo que hay que elaborar; para eso está todo el trabajo de la representación, la discusión pública y los procedimientos institucionales que fijan sus contornos o los modifican y traducen en decisiones democráticas.

Las instituciones nos protegen contra la demagógica apelación al pueblo, lo representan y, en esa misma medida, recogen su pluralidad constitutiva y la complejidad de su voluntad. Gracias a la representación política la voluntad popular es operativa e integradora de los momentos que la constituyen.

Conviene recordar estas cosas sobre todo cuando los lugares comunes van en la otra dirección y hay una verdadera fascinación por la ‘espontaneidad’ popular hasta el punto de hacernos suponer que quien protesta tiene siempre razón y quien promueve la participación necesariamente fortalece la democracia.